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sábado, 14 de mayo de 2016

Pablo, prisionero de Cristo Jesús, y el hermano Timoteo; a Filemón el amado y colaborador nuestro, a la hermana Apia, a Arquipo nuestro compañero de milicia, y a la iglesia que está en tu casa

RECUERDA Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6




Onésimo, Pablo, Filemón y Timoteo: Hermanos en Cristo



EL HERMANO TIMOTEO y LA EPÍSTOLA A FILEMÓN

Pablo es el responsable de la Epístola, pero ha querido incluir en la autoría al hermano Timoteo.

El apóstol le concede lo que es quizás el título más sencillo y entrañable en la comunidad de la fe: le llama hermano. Luego, hablando de otros compañeros, empleará otros sustantivos: colaborador, compañero de milicias, hijo, compañero de prisiones. Pero ahora, al hablar de aquella persona que más supo comprender al apóstol y estar a su lado, le llama sencillamente hermano, lo cual demuestra toda la fuerza de especial afecto y ternura que puede haber en aquella palabra.

Puesto que la relación fraternal servirá de base para las peticiones de Pablo a Filemón —Pablo le llamará hermano en el versículo 20 y le pedirá con respecto a Onésimo que le reciba ya no como esclavo, sino como más que esclavo, como hermano amado (v. 16)—, es apropiado que desde el primer momento de la carta Pablo empiece hablando de consiervos suyos como hermanos.

Ésta es la vinculación básica que une a los creyentes entre sí. Es la que nos da derechos y privilegios en la familia de Dios, pero también responsabilidades ante los demás. Por esto podemos contar los unos con los otros, a veces sin apenas conocernos, y ayudarnos mutuamente: porque somos hermanos. Ésta es la base de la apelación a Filemón y es la base de la relación entre Timoteo y Pablo.

¿Y por qué es mencionado Timoteo y no los otros compañeros? Probablemente porque a estas alturas Timoteo no es el aprendiz que salió de Listra como compañero de Pablo hacía muchos años, sino el consiervo y consejero en cuyos criterios Pablo deposita mucha confianza.

Tanto en la situación que tiene que afrontar en la Epístola a los Colosenses como en la de Filemón, es posible que Pablo haya buscado en Timoteo a un compañero con el cual compartir sus pensamientos. Sin duda, los dos pasaron tiempo hablando de estas situaciones y ahora Pablo quiere reconocer el lugar que el consejo, discernimiento y sabiduría de Timoteo ocupan en la redacción de las cartas.

Si bien éstas llegan con la fuerza de su propia autoridad apostólica —y son escritas mayormente en primera persona del singular— llegan con el respaldo de Timoteo. Son fruto de la reflexión de dos destacados y reconocidos líderes espirituales. Por lo tanto, hay doble razón para prestar atención a lo que dicen.
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jueves, 12 de mayo de 2016

Pablo, anciano, y ahora, además, prisionero de Jesucristo... Te ruego por mi hijo que engendré en mis prisiones

RECUERDA Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6






¿Eres prisionero de Jesucristo?


PABLO, PRISIONERO DE JESUCRISTO

Como era costumbre en aquel entonces, el autor de la carta se identifica desde la primera palabra de la misma: Pablo.

Casi nadie duda de la autoría paulina de esta pequeña epístola. Los pocos que la han cuestionado lo han hecho por querer desestimar la autoría paulina de Colosenses, epístola con la cual, como veremos, la de Filemón está estrechamente vinculada. Pero todas las evidencias, tanto externas como internas, indican que Pablo fue el autor.

En cuanto a las externas, podemos mencionar el testimonio de Eusebio, quien dice que todos sus contemporáneos aceptaban la autoría paulina de Filemón como verdadera, genuina y reconocida. Igual testimonio dan Tertuliano, Orígenes, Marción, el fragmento de Muratori y otros.

En cuanto a las evidencias internas, podemos señalar que el estilo, el lenguaje y la doctrina son eminentemente paulinos, mientras el nombre de Pablo figura no solamente al comienzo de la Epístola, sino también dos veces más en medio de ella, y esto de tal manera que sería inconcebible que fuesen palabras de un imitador de Pablo que haya «tomado prestado» su nombre, a no ser que hubiese tenido intenciones absolutamente fraudulentas.

Por otra parte es enormemente difícil imaginar por qué retorcidos motivos un falsificador inventaría una carta de este tipo, en la cual no hay ninguna doctrina controvertida, ningún énfasis especial, sencillamente la elaboración de una situación personal.

Al menos en una primera lectura, el contenido de Filemón parece intrascendente porque, como hemos dicho, las lecciones espirituales no tienen que ver tanto con la circunstancia particular de la carta, sino con la manera en la que el apóstol la aborda.

    Aquí se trata de circunstancias absolutamente individuales y que parecen no contener mucha instrucción para un lector superficial.

    La carta es algo único entre todos los escritos del Nuevo Testamento en cuanto que se ocupa sólo de un asunto puramente privado.

Por lo tanto, a estas alturas sólo una mente malintencionada querría impugnar la autoría de Pablo. Podemos, entonces, aplaudir el hecho de que …

    … los autores más recientes tienen el buen gusto de no discutir ya la autenticidad de este pequeño escrito inimitable.

Pablo indica que su situación en el momento de escribir era la de un prisionero. Seguramente en aquel entonces se encontraba en la casa alquilada en la que —según nos cuenta Lucas— Pablo pasó su primer «encarcelamiento» romano.

Al acabar su tercer viaje misionero, Pablo se dirigió a Jerusalén y visitó el templo (Hechos 21). Allí fue reconocido por algunos judíos de Asia, quienes le acusaron de predicar contra la ley y de introducir a gentiles en el templo.

A causa del disturbio que provocaron, las autoridades imperiales tuvieron que intervenir y llevaron a Pablo primero a la fortaleza romana y posteriormente a Cesarea Marítima. Después de muchas demoras en la vista de su causa, y ante la amenaza de ser trasladado nuevamente a Jerusalén, donde los judíos planeaban asesinarlo, el apóstol utilizó sus derechos de ciudadano romano y exigió ser juzgado por el tribunal imperial de Roma. Por lo tanto, emprendió el largo y difícil viaje a Roma (Hechos 27). Una vez allí, estuvo bajo custodia durante un mínimo de dos años a la espera de su juicio:

    Cuando llegamos a Roma, el centurión entregó los presos al prefecto militar, pero a Pablo se le permitió vivir aparte, con un soldado que le custodiase …

Y Pablo permaneció dos años enteros en una casa alquilada, y recibía a todos los que a él venían, predicando el reino de Dios y enseñando acerca del Señor Jesucristo, abiertamente y sin impedimento (Hechos 28:16, 30, 31).

En total, entre las estancias en Jerusalén, Cesárea y Roma y los meses de viaje, podemos sumar un período de unos cinco años en los cuales Pablo estuvo preso. En algún momento de estos cinco años recibió la visita de un tal Epafras. Él procedía de la iglesia de los colosenses y comunicó al apóstol las noticias —algunas de ellas preocupantes— acerca de la situación en Colosas.

Pablo redactó la Epístola a los Colosenses en respuesta a esas noticias y decidió enviarla por medio de su compañero Tíquico, juntamente con Onésimo.

A través de Colosenses 4:7–8 aprendemos que Onésimo procedía de Colosas y que, por lo tanto, era en aquella ciudad donde Filemón residía. Todo hace suponer que las dos epístolas —a los Colosenses y a Filemón— fueron escritas por Pablo en el mismo momento y al mismo destino.

Pero ¿desde qué lugar las escribió: estando Pablo en Cesárea o en Roma? Aunque en realidad la ubicación geográfica importa poco, porque no afecta el contenido de las cartas, hemos dicho que seguramente fue en Roma desde donde el apóstol las escribió, y esto por las razones siguientes:

    —En primer lugar, es más probable que Onésimo huyera a la capital del imperio que a una provincia como Palestina.

    —En segundo lugar, porque hay referencias en Colosenses (Colosenses 4:3–4) que indican que Pablo disfrutaba de cierta libertad para predicar el evangelio, lo cual sabemos que era cierto en Roma, pero sospechamos que no era el caso de Cesarea.

    —En tercer lugar, porque sabemos que algunos de los compañeros mencionados tanto en Colosenses como en Filemón estuvieron presentes con Pablo en Roma. Es más probable que tuviesen acceso a Pablo estando él en una casa alquilada que cuando estaba en la prisión de Cesarea. Por otra parte, algunas personas que sabemos que estuvieron en Cesarea (como Felipe; ver Hechos 21:8,–9) no son mencionadas en Colosenses y Filemón.

    —También, y en cuarto lugar, Tíquico, además de llevar las Epístolas a los Colosenses y a Filemón, llevó la carta de Pablo a los Efesios (véase Efesios 6:21). Éfeso cae en la ruta desde Roma a Colosas, pero no desde Cesarea.

Ninguna de estas razones es de suficiente peso en sí como para establecer sin lugar a dudas que la Epístola a Filemón fue escrita desde Roma, pero a la luz del conjunto de todos estos pequeños detalles, la mayoría de los comentaristas suponen que la fecha de la carta cae aproximadamente entre los años 61 y 63, en algún momento del primer encarcelamiento romano.

Sin embargo, Pablo trata como asunto de poca importancia el que sea prisionero de los romanos. Lo que le importa mucho más es que él sea prisionero de Jesucristo (literalmente, «encadenado» de Jesucristo).

Si sacáramos esta frase de su contexto, podría significar sencillamente que el Señor Jesucristo ha «cautivado» a Pablo, casi como si fuese una frase sinónima de siervo de Jesucristo. Él se siente atado a Cristo por la fe y la dedicación, con vínculos tan fuertes que está sin libertad de actuar fuera del ámbito del señorío de Jesucristo.

Pero si la frase hubiese significado esto, Pablo podría haberla empleado desde el momento de su conversión. Sin embargo, Pablo mismo indica que es una frase de aplicación reciente, porque en Filemón 9 dice: Pablo, ya anciano, y ahora, además, prisionero de Jesucristo. Se refiere, entonces, a sus prisiones en Roma, pero entiende que éstas son el resultado directo de la providencia de Cristo.

Su encarcelamiento es el resultado directo de su amor y fidelidad a Jesucristo. Por lo tanto, esta frase significa,

  • en primer lugar, que Pablo es prisionero por causa de Jesucristo (cf. Filemón 13: mis prisiones por el evangelio). Pero, en 
  • segundo lugar, Pablo era muy consciente de la providencia y soberanía de Dios en todas sus circunstancias y sabe que si está en la cárcel es por la voluntad de Jesucristo. Sólo en segundo lugar Pablo se considera prisionero de las autoridades civiles. 
En primer lugar está en la cárcel por designio divino. Su vida está en manos del Señor y Él está gobernando sus circunstancias:

    Cierra los ojos a todas las causas secundarias y ve en su prisión, como José lo había visto antes, a la sabia Providencia.

¿Por qué esta insistencia de Pablo en sus prisiones? En la epístola «gemela» a los Colosenses, Pablo se describe a sí mismo como apóstol de Jesucristo y sólo hace menciones pequeñas e indirectas de su encarcelamiento (Colosenses 1:24; Colosenses 4:7, 10, 18). En cambio, en la breve Epístola a Filemón insiste en el tema (Filemón 1, 9, 10, 13, 23).

El cambio de títulos es significativo. En Colosenses Pablo asume la autoridad que le ha sido otorgada por el Señor en la definición de doctrina y espera de sus lectores que acaten su autoridad, se alejen de los falsos maestros y presten toda atención a la buena doctrina autorizada.

Pablo podría haber empleado aquella misma autoridad en el caso de Filemón. Escribe pidiéndole ciertos favores. Sin embargo, tratándose de una cuestión de orden doméstico y de una situación íntima, Pablo deliberadamente renuncia a emplear imposiciones apostólicas y apela a Filemón como su hermano.

    Te ruego por amor, siendo como soy, Pablo ya anciano, y ahora, además, prisionero de Jesucristo; te ruego por mi hijo Onésimo … Nada quise hacer sin tu consentimiento, para que tu favor no fuese como de necesidad, sino voluntario … Yo, Pablo, lo escribo de mi mano, yo lo pagaré; por no decirte que aun tú mismo te me debes también. Sí, hermano, tenga yo algún provecho de ti en el Señor; conforta mi corazón en el Señor (Filemón 9, 14, 19, 20).

Podría haber exigido a Filemón, en el nombre de Cristo, lo que le pide por amor y como favor. Pero renuncia a la autoridad apostólica en este caso. Prefiere escribir como prisionero de Jesucristo:

    Al escribir a las iglesias, lo que pone en prominencia es su autoridad. Pero esto no sería útil aquí. No le parece apropiado mandar a Filemón lo que tiene que hacer con Onésimo. Prefiere rogarle … Apela a la compasión de Filemón más bien que a su conciencia.

    Pablo no se presenta como apóstol con derecho a exigir obediencia a sus peticiones de un miembro de la iglesia, sino como prisionero de Jesucristo … El que pide que Filemón tome medidas que exigen sacrificio no es alguien que no conozca el sacrificio. Ha perdido su libertad por la causa de Cristo y éste es el fundamento de su petición.

    Pablo omite deliberadamente el título de apóstol, siendo su intención hablar sólo de amigo a amigo.

Sin embargo, si bien el título prisionero de Jesucristo es evidencia de condescendencia y humildad de parte del apóstol, su uso tiene que haber comunicado a Filemón, con gran diplomacia y tacto, la idea de que el sacrificio que Pablo pedía a Filemón era poca cosa en comparación con lo que él mismo estaba dispuesto a pagar a causa de su compromiso con Cristo.

    En comparación con el sacrificio que yo estoy haciendo, ¿no es el favor que te pido algo más bien fácil?

    Las circunstancias deplorables de Pablo hacen ínfimas las de Filemón.

    Con gran tacto escoge Pablo este término, para dar más fuerza a la petición que seguirá inmediatamente y ahora prepara en favor de Onésimo. Ciertamente, el conceder el perdón será para Filemón un sacrificio menor que el que está padeciendo Pablo. Es razón que haga lo que cueste menos quien ve a su padre, maestro y superior padecer lo que cuesta más.

Éste es un ejemplo de lo que ya hemos dicho acerca del tacto y la discreción del apóstol, y de cómo rehuye abusar de las relaciones fraternales o de sus propios derechos apostólicos. Tiene sumo cuidado en no ejercer presiones psicológicas o espirituales indebidas sobre su amigo. Podría haber dicho: Yo soy apóstol y te digo que debes recibir a Onésimo. Sin embargo, hace la misma petición evitando toda prepotencia y ofensa, pero esto sí, aduciendo sus «derechos» de prisionero por la causa de Cristo.

    Cualquier petición que [Pablo] haga, y cualquier favor que se le conceda, estará en relación con la causa del Amo al que tanto Pablo como Filemón pertenecían. El llamamiento que sigue se verá, pues, reforzado con la compasión y reverencia debidas a quien sufre en el nombre de Cristo.

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lunes, 9 de mayo de 2016

Porque oigo del amor y de la fe que tienes para con el Señor Jesús y hacia todos los santos, de manera que la comunión de tu fe ha venido a ser eficaz en el pleno conocimiento de todo lo bueno que hay en nosotros para la gloria de Cristo.

RECUERDA Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6




MUCHA LIBERTAD EN CRISTO: ONÉSIMO ARREPENTIDO


¿PARA QUÉ LEER LA EPÍSTOLA A FILEMÓN?

Con frecuencia oímos decir que el tema de la Epístola a Filemón es la esclavitud:

    La carta trata con el problema de la esclavitud, el tráfico de vidas humanas, y cuál debe ser la respuesta cristiana a ello.

Sin embargo, aun una lectura somera del texto revela que éste no es el caso. Es cierto que el contenido de la Epístola tuvo profundas implicaciones para la esclavitud, pero su tema no es la esclavitud.

La carta hace referencia a un esclavo y explica cómo debe ser recibido en una comunidad cristiana, pero no entra en debate sobre la actitud cristiana hacia la esclavitud como institución.

Y si bien podemos afirmar que, si todo el mundo tuviese las mismas actitudes que vemos en Pablo hacia los esclavos, acabarían automáticamente aquellos abusos en el trato humano que la esclavitud institucional suele comportar, aun así no podemos decir que Pablo esté atacando a la institución en sí.

De hecho, el apóstol trata mucho más directamente el tema de la esclavitud en otros textos (como, por ejemplo, 1 Corintios 7:21–22; Gálatas 3:28; Efesios 6:5–9; Colosenses 3:22–4:1; 1 Timoteo 6:1–2; Tito 2:9–10), un estudio de los cuales nos revelaría mucho más acerca de la enseñanza apostólica en torno a la esclavitud que la que encontramos en la Epístola a Filemón.

Ciertamente ésta despierta en nosotros algunas preguntas acerca de la esclavitud y exige a los cristianos comportamientos que, como ya hemos dicho, acaban implícitamente con los peores abusos de la misma. Sin embargo, la esclavitud en sí no es el tema de la Epístola.

Entonces, ¿cuál es su tema?
Estrictamente el tema de Filemón es un asunto de orden práctico. Como dice un comentarista:

    Su contenido es específico. Quizá ningún otro libro bíblico sea tan concreto en cuanto a que haya sido escrito para tratar un solo tema. Hay un punto que Pablo quiere compartir con Filemón. Al margen de los naturales saludos, se limita a hablar de ello y absolutamente nada más. Por eso, nos deja a oscuras en muchas cosas que nos interesaría saber … En Filemón no hay nada doctrinario … Pablo daba por sentado que Filemón conocía ya la doctrina. No era necesario explicársela.

El asunto práctico que la carta aborda es sencillamente la petición de que Filemón reciba a Onésimo con espíritu de perdón y como hermano en el Señor Jesucristo. Las circunstancias de la carta, entonces, son eminentemente prácticas: la necesidad del apóstol de interceder por Onésimo ante un amo ofendido, la petición de benevolencia y amor fraternal hacia el prófugo y —si acaso queremos un segundo «asunto»— la petición de hospedaje para Pablo mismo (Filemón 22).

Éstas son las cuestiones tratadas.
No son en sí mismas temas teológicos, ni siquiera éticos, aunque tienen implicaciones tanto doctrinales como morales.

La teología y la ética de la Epístola se encuentran más allá de su superficie, en el substrato, en las actitudes que subyacen en las peticiones del apóstol. Sin duda fue más bien a causa de ellas, y no por el contenido de la carta en sí, por lo que Filemón fue incorporada dentro del canon del Nuevo Testamento, porque es una Epístola sumamente aleccionadora en cuanto a ciertas actitudes y premisas que deben caracterizar nuestras relaciones fraternales.

Si bien el tema de la Epístola es de importancia relativa, las lecciones prácticas que podemos aprender de ella son de gran trascendencia y pueden ser resumidas en cuatro epígrafes:

    1.      En primer lugar, en Filemón aprendemos:

  •  el tacto, 
  • la cortesía, 
  • la discreción, 
  • la amabilidad, 
  • el respeto, 
  • la delicadeza y 
  • el civismo que deben caracterizar el trato entre creyentes. 
El hecho de que seamos hermanos en Cristo establece entre nosotros ciertas obligaciones y derechos, y éstos, en principio, se prestan a que se abuse fácilmente de ellos. Pero, al leer esta carta, vemos cómo Pablo trata con delicadeza, respeto y afabilidad los derechos que tiene como apóstol y las obligaciones de Filemón, y nunca abusa de ellos.

El hecho de tener ciertos privilegios como miembros de la familia de Dios y de saber que nuestros hermanos tienen obligaciones hacia nosotros nunca debe conducirnos a actitudes de presunción, de abuso o de chantaje moral.

      Esta Epístola da una muestra de la sabiduría más elevada en cuanto a la manera en que los cristianos deberían tratar sus asuntos sociales sobre principios más elevados.

      No contiene exposición ninguna doctrinal ni exhortaciones a la vida cristiana … Su valor consiste en el hecho de que ofrece una lección objetiva de cristianismo práctico … Suministra un ejemplo inspirador de conducta cristiana. Ante todo esta carta es un modelo de cortesía cristiana … No contiene la más mínima afectación, ni engreimiento, ni adulación, ni esfuerzo por impresionar. Es prototipo de sinceridad absoluta y cortesía perfecta.

      Las generaciones se han maravillado de la forma en que [Pablo] logró mantener el tono afectuoso y la mansa fortaleza que le daba su posición de padre espiritual de Filemón. Hay como una oscilación entre lo enérgico y lo bondadoso, que hace que estas líneas sean un modelo para la correspondencia de todos los tiempos.

      [La Epístola a Filemón] nos permite ver la cordialidad de las relaciones humanas que [Pablo] sostiene con un amigo; el tacto y la finura psicológica con que lo lleva a acceder a una súplica; el fino humor con que le propone renunciar a un legítimo derecho y la delicadeza con que le sugiere hacer lo que él no se atreve a pedirle.

    El tono de la Epístola nos recuerda lo que el mismo Pablo escribió a Timoteo:

      El siervo del señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los que se oponen (2 Timoteo 2:24).

    La lectura de Filemón nos demuestra claramente que Pablo practicaba lo que predicaba.

    2.      En segundo lugar, la Epístola nos enseña ciertas virtudes de la vida cristiana como son 
  • el amor, 
  • el perdón y 
  • la reconciliación. 
Estas virtudes son expresadas de manera sencilla en medio de situaciones cotidianas y reales, no de forma teórica en medio de un tratado moral. Pero precisamente por eso nos llegan con mayor impacto y hermosura.

La auténtica cortesía no se aprende en escuelas de buenos modales, sino como consecuencia de descubrir en Cristo una fuente de amor. El verdadero amor es abnegado y busca el bien del otro, por lo cual siempre se expresa con la cortesía y respeto que acabamos de decir es una de las principales lecciones de esta carta.

    El amor de Pablo hacia Filemón y hacia Onésimo llenan el texto. Abundan frases de tierno afecto, de solidaridad, de cariño. La disposición del autor, y la que espera de sus lectores, es de sacrificio personal por el bien del otro.

El amor de Cristo manifestado en la vida del apóstol es el que derriba barreras sociales, convierte en «hijo» (Fil 10) al siervo inútil y hace que la relación amo-esclavo se disuelva para siempre en una nueva relación fraternal. El amor es la base sobre la cual Pablo funda sus peticiones (Fil 9). Pero el amor no es sólo un sentimiento entrañable; también se ha de manifestar de maneras prácticas. Y Pablo apelará a Filemón para que él practique por amor aquel perdón en el caso de Onésimo del cual él mismo ha sido objeto en Cristo. Aunque la palabra perdón no se encuentra en esta carta, el espíritu de perdón la llena.

    3.      Y esto nos conduce a la tercera gran lección que podemos aprender de esta epístola: la autenticidad del poder transformador del evangelio.

    El autor de la carta había sido hebreo de hebreos, fariseo de fariseos, un celoso de la Ley que, en su fanático afán de mantenerse puro de toda contaminación moral, antes había tratado a los gentiles como perros inmundos.

Ahora se considera a sí mismo apóstol a los gentiles y la redacta con el fin de interceder a favor de su amado hijo espiritual, el esclavo gentil Onésimo. ¿Qué ha efectuado este cambio radical en su vida, en sus actitudes, en sus relaciones y afectos? ¿Qué hace que un arrogante fariseo pueda humillarse y sacrificarse por un despreciado gentil? El poder transformador del evangelio de Jesucristo.

    Vemos este poder operante en Onésimo, convirtiéndolo de inútil en útil, de esclavo prófugo en hermano amado (v. 16). Lo vemos también en Filemón, haciéndole generoso en la concesión de su casa para el uso de la iglesia (v. 2), en su preocupación por las necesidades de todos los creyentes (vs. 5, 7) y —así lo esperamos— en el perdón y amor reconciliador que brinda al esclavo pródigo.

    Esta pequeña carta es la demostración de que el evangelio realmente funciona. Precisamente porque es una carta circunstancial de poco desarrollo teológico explícito, que trata sobre asuntos cotidianos y personas normales, por esto nos convence.

La vida de sus protagonistas sirve como espejo para reflejar la autenticidad del evangelio. Al estudiar este «espejo» tendremos que mirarnos a nosotros mismos. En aquellas vidas el evangelio funcionó, pero ¿qué de las nuestras? Éste es uno de los retos de la Epístola.

    Nuestra lucha a favor de cualquier reforma social siempre estará condenada al fracaso —o, como mucho, al éxito parcial— si no contamos con el poder transformador de Cristo. Nuestra sociedad no practica la esclavitud institucional, pero muchas de las características de la esclavitud todavía están con nosotros.

Mientras el hombre sea hombre, habrá pobreza, injusticia y abuso en las relaciones laborales y sociales. La única solución es que el hombre sea liberado de su vieja humanidad y se convierta en un hombre nuevo, con nuevas actitudes, ambiciones y relaciones. Cuando esto ocurra, los problemas sociales caerán.

Así debe ser en nuestras iglesias y en nuestras relaciones personales con nuestros hermanos en Cristo. Debemos ser la demostración fehaciente de que el evangelio es absolutamente eficaz para la transformación de actitudes egoístas en amor fraternal.

    Porque sabe que el evangelio funciona, Pablo puede escribir a Filemón con la plena esperanza de que éste no llevará a Onésimo al patíbulo, como tenía derecho a hacer, sino que lo recibirá como hermano en Cristo. Y, por esta misma razón, Onésimo puede acceder a volver a su amo, aun a riesgo de ser castigado. Lo puede hacer porque Cristo realmente transforma vidas. Sabe que su relación con Filemón nunca será igual que antes.

    4.      Finalmente, podemos destacar que esta pequeña epístola es un fiel reflejo de lo que significa la libertad en Cristo.

Curiosamente, dos de sus tres protagonistas se encuentran en circunstancias que humanamente parecen incompatibles con la libertad: Pablo es prisionero y Onésimo esclavo. Sin embargo, las relaciones que existen entre ambos, y entre ellos y Filemón, son la expresión de una nueva libertad en Cristo.

La coerción, la manipulación y el engaño ceden ante las nuevas vinculaciones fraternales de amor sincero. Todo rebosa confianza y amistad. Cristo no sólo nos reconcilia con Dios, sino también con nuestros hermanos y con nosotros mismos.

Esta realidad no es abordada en la Epístola como una tesis teórica, sino manifestada como algo real en la experiencia de los protagonistas. Por esto hace impacto. Por esto, también, se podría poner como título de esta carta la frase procedente del versículo 8: Mucha libertad en Cristo.
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miércoles, 27 de abril de 2016

Es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos...¿Cómo escaparemos nosotros si descuidamos una salvación tan grande?

RECUERDA Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6




Alimentemos con pastos frescos a la congregación

Una salvación tan grande
Hebreos 2:1-4
2:1  Por lo tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos. 2 Pues si la palabra dicha por los ángeles fue firme, y toda transgresión y desobediencia recibió justa retribución, 3 ¿cómo escaparemos nosotros si descuidamos una salvación tan grande? Esta salvación, que al principio fue declarada por el Señor, nos fue confirmada por medio de los que oyeron, 4 dando Dios testimonio juntamente con ellos con señales, maravillas, diversos hechos poderosos y dones repartidos por el Espíritu Santo según su voluntad.

UNA SALVACIÓN TAN GRANDE QUE NO DEBEMOS DESCUIDAR
El peligro de descuidar su revelación
Hebreos 2:1–4
V. 1
El autor de Hebreos interrumpe su exposición de la superioridad de Jesús sobre los ángeles con la primera de varias amonestaciones a sus lectores. 

El propósito de Hebreos no es simplemente lograr que los lectores acepten mentalmente la superioridad de Jesús; lo que creemos se debe reflejar en lo que hacemos. Si Jesucristo tiene una naturaleza tan digna, recta, y poderosa como se mostró en el primer capítulo, debemos dar la mayor atención a la palabra de Dios que él nos trae. Los destinatarios de Hebreos estaban en peligro de dejar su profesión cristiana por temor o apatía. Si aceptaban la superioridad de Cristo, lo mostrarían por la perseverancia.

La salvación no es simplemente un “lugar” donde podemos descansar en pasividad, sino un camino en el cual tenemos que caminar. Si no somos diligentes y activos, progresando en el camino de la fe, nos alejamos poco a poco del Hijo y de sus demandas, como un barco que por descuido pasa la seguridad del puerto y se escurre a la destrucción (Hebreos 6:19 describe nuestra esperanza como un ancla). Más son los que se alejan de Jesús por deslizamiento pasivo, que los que por decisión activa renuncian a la fe.
Semillero homilético
Indicaciones en el camino de la salvación
Hebreos 2:1–4
Introducción: 
Cristóbal Colón no se quedó tranquilo con su descubrimiento de haber encontrado el camino, la ruta a la India, sino que hizo lo imposible para recorrer esa ruta y fue así que se encontró con el Nuevo Mundo. No es suficiente solamente encontrar el camino, sino caminar por ese camino para llegar al lugar deseado.

Jesucristo es el camino de la salvación, eso lo sabemos una mayoría, pero no basta saberlo sino caminar en ese camino, vivir de acuerdo a las reglas de ese camino para encontrar la salvación. De ahí que vale la pena considerar tres indicaciones en el caminar por el camino de la salvación según Hebreos 2:1–4.
I.     Las recomendaciones para el caminar por el camino de la salvación (v. 1a).
1.     La primera recomendación es que debemos ser diligentes en nuestro andar (por el camino de la salvación).
(1)     Porque no es simplemente un refugio donde podemos estar tranquilos y quietos.
(2)     Porque es un camino en el cual tenemos que bregar con esmero y entrega.
2.     La segunda recomendación es que debemos observar las reglas del camino de la salvación con mucha seriedad.
(1)     Porque las reglas son vitales para que permanezcamos en él. (Son mucho más que el vestido, la comida, las comodidades y planes humanos).
(2)     Porque las reglas no son secundarias. (No se las puede tomar como un juego), de ellas depende nuestra felicidad, nuestra paz, nuestra vida.
II.     Los peligros en el caminar por el camino de la salvación (vv. 1b2a).
1.     Uno de los peligros es la negligencia y la pasividad.
(1)     Porque (la negligencia y la pasividad) traen como consecuencia el alejamiento de Cristo y sus demandas. (Más son los que se alejan de Jesús por deslizamiento pasivo, que los que por decisión activa renuncian a la fe).
(2)     Porque la negligencia y la pasividad trae como consecuencia el acomodamiento a un estado parasitario.
2.     Otro de los peligros en el camino de la salvación es la apatía.
(1)     Porque la apatía es un estado de fría indiferencia a las exigencias del camino de salvación.
(2)     Porque la apatía es un estado de dureza, insensibilidad a las demandas del camino de salvación.
III.     Las sanciones en el caminar por el camino de la                      salvación (vv. 2–4).
1.     La sanción es castigo grande a los infractores y desobedientes a los mandamientos de Dios.
(1)     Porque los mandamientos que Dios dio a los antepasados por medio de los ángeles, adquirieron carácter de ley, válidos, y quienes desobedecieron fueron castigados justamente.
(2)     Porque es más importante atender a la palabra suprema y final de Dios, que ofrece salvación por medio de su Hijo, y quienes lo rechacen y lo desobedezcan merecerán un castigo mayor de Dios.
2.     La sanción es castigo grande a los infractores y desobedientes al mensaje de Jesucristo, confirmado por Dios y su iglesia.
(1)     Porque el mensaje de Jesucristo fue de salvación confirmada por los que creyeron (a través de su proclamación y del testimonio de sus vidas cambiadas).
(2)     Porque el mensaje de Jesucristo fue de salvación confirmada por Dios a través de milagros y con la presencia permanente de su Espíritu Santo.
Conclusión
A través de este pasaje la palabra de Dios nos exhorta a tomar en serio el camino de la salvación, el camino de fe en el que nos encontramos por la gracia del amor de Dios.

Al mismo tiempo nos invita a examinar nuestra situación en el camino de la fe, si somos diligentes y tomamos el camino de la fe como lo más importante, como la verdadera prioridad de nuestra existencia, estamos progresando bien en ese camino, rumbo a la meta final, la Jerusalén celestial. 

Pero si seguimos en el camino de la fe con apatía, tomándolo como menos importante que cualquier actividad humana, teniendo más miedo a las pruebas y al rechazo de la gente no creyente, estamos próximos a deslizarnos del camino de la fe al otro camino ancho, que nos llevará a la perdición y, por ende, al castigo eterno de Dios. 

El propósito de este mensaje es que podamos sacudirnos y reaccionar al amor de Dios que no quiere por nada que nos deslicemos del camino de fe, porque ese camino es la prueba de su amor más inmenso por el hombre, fue abierto con la sangre de su hijo amado. ¡No lo rechacemos!

Hebreos confirma su advertencia con un argumento a fortiori (vv. 2, 3a). Este tipo de argumento, frecuente en la epístola, tiene esta forma: “Si A es cierto, con más razón es cierto B”. Aquí el argumento es que, si la ley dada por medio de los ángeles fue válida, cuánto más la salvación que Jesús ofrece. 

Ya que Jesús es superior a los ángeles, la palabra que Dios da por medio de él tiene que ser más importante que la que encargó a los ángeles. Si es importante evitar la retribución que amenaza al que viola la palabra dicha por los ángeles, cuánto más importante es “atender” a la palabra suprema y final de Dios, que ofrece salvación.

Para entender este argumento, hay que saber que los judíos del primer siglo creían que Dios mandó la ley a Moisés por medio de ángeles. El libro de Éxodo no menciona ningún ángel como mediador de la ley, pero tal creencia llegó a ser común entre los judíos por un creciente sentido de la trascendencia de Dios. 

La idea de que los ángeles mediaron la ley de Moisés se refleja en Gálatas 3:19 y Hechos 7:53. Hebreos arguye que Jesús nos ofrece una salvación más grande que la ofrecida en el AT por ángeles, y el que rechaza esta salvación merece una retribución más grande que el que rechaza la del AT.
Vv. 3b, 4
Aparentemente, algunos de los lectores de la carta lamentaban que la ley judía hubiera sido dada por medio de ángeles, mientras ellos habían recibido el evangelio cristiano por medio de meros hombres. El autor corrige este error, afirmando que el primer mensajero que declaró el mensaje cristiano de salvación fue el mismo Señor, el Hijo quien es superior a los ángeles. 

Aunque el autor y los destinatarios de Hebreos no habían escuchado la palabra de labios de Jesús, los que oyeron al Señor les confirmaron el mensaje con su proclamación y con el testimonio de vidas cambiadas. Y Dios dio su confirmación de la verdad de este mensaje con milagros y con la presencia permanente de su Espíritu Santo.

De esta descripción de la recepción del evangelio por los lectores y por el autor de Hebreos, concluimos que ninguno de ellos era de los que anduvieron con Jesús en la tierra. Pero en la fundación de su congregación hubo manifestaciones milagrosas del poder y aprobación de Dios. Estas manifestaciones eran señales que apuntaban a una verdad espiritual. Eran maravillas y produjeron asombro en los que las presenciaron. Eran hechos poderosos, muestras del poder de Dios.

No está claro si el autor quería decir, dones repartidos por el Espíritu Santo o “repartimientos del Espíritu Santo”. El segundo sentido es más probable. Dios repartió el don de su Espíritu a cada uno de los miembros de la comunidad como él quiso, y dado que él nos conoce tan profundamente y nos ama tanto, su voluntad es mejor que lo que escogeríamos por nosotros mismos.
Sobre el poner por encima a una criatura en lugar del Creador
El inca Pachakutek (reformador), noveno rey del Imperio incaico (¿1225–1285?), fue un gran reformador y teólogo. Según el comentario de los cronistas como: Cristóbal de Molina y el padre Bernabé Cobo, en su "Historia del Nuevo Mundo" (escrita en 1654), el inca Pachakutij:

Llamó la atención al hecho de que el astro solar siempre sigue una trayectoria fija, realiza tareas definidas y tiene un horario rígido como cualquier obrero: en otras palabras si inti, sol, fuera Dios ¿por qué no realiza o hace algo original? El rey Pachakutij reiteraba después: el disco solar puede ser encubierto por cualquier nube. Esto quería decir que si inti era realmente Dios, ninguna cosa creada podría cubrir su luz. Sorpresivamente, Pachakutij tembló al darse cuenta de que había estado adorando a una simple criatura como si fuera el Creador.

Entonces, empezó llamando a un congreso de sacerdotes del sol, equivalente pagano del Concilio de Nicea, para proponer el cambio de adorar al Creador antes que a las cosas creadas, porque sería una incongruencia adorar al mismo tiempo a las cosas creadas como si fueran el creador.

Si Pachakutij, un inca pagano, desprovisto de la iluminación judeo cristiana, se pudo dar cuenta de que era una incongruencia poner una criatura en lugar del Creador, lo imperfecto y lo insuficiente antes que lo perfecto y todo suficiente, nosotros tenemos que darnos cuenta a través de la Palabra del Señor en este pasaje, de que no podemos poner a ninguna cosa creada por encima del Creador, por encima de su hijo Jesucristo
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martes, 5 de abril de 2016

El hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para que fuésemos justificados por la fe de Cristo, y no por las obras de la ley; por las obras de la ley ninguna carne será justificada.

RECUERDA Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6





Nos preparamos para enseñar a la congregación 

PABLO SE INSERTA CON LOS DEMÁS APÓSTOLES PARA TRABAJAR EN LA OBRA

Gálatas 2:1-11

DESPUÉS, pasados catorce años, fuí otra vez á Jerusalem juntamente con Bernabé, tomando también conmigo á Tito.
Empero fuí por revelación, y comuniquéles el evangelio que predico entre los Gentiles; mas particularmente á los que parecían ser algo, por no correr en vano, ó haber corrido.
Mas ni aun Tito, que estaba conmigo, siendo Griego, fué compelido á circuncidarse.
Y eso por causa de los falsos hermanos, que se entraban secretamente para espiar nuestra libertad que tenemos en Cristo Jesús, para ponernos en servidumbre;
A los cuales ni aun por una hora cedimos sujetándonos, para que la verdad del evangelio permaneciese con vosotros.
Empero de aquellos que parecían ser algo (cuáles hayan sido algún tiempo, no tengo que ver; Dios no acepta apariencia de hombre), á mí ciertamente los que parecían ser algo, nada me dieron.
Antes por el contrario, como vieron que el evangelio de la incircuncisión me era encargado, como á Pedro el de la circuncisión,
(Porque el que hizo por Pedro para el apostolado de la circuncisión, hizo también por mí para con los Gentiles;)
Y como vieron la gracia que me era dada, Jacobo y Cefas y Juan, que parecían ser las columnas, nos dieron las diestras de compañía á mí y á Bernabé, para que nosotros fuésemos á los Gentiles, y ellos á la circuncisión.
10 Solamente nos pidieron que nos acordásemos de los pobres; lo mismo que fuí también solícito en hacer.
11 Empero viniendo Pedro á Antioquía, le resistí en la cara, porque era de condenar.
12 Porque antes que viniesen unos de parte de Jacobo, comía con los Gentiles; mas después que vinieron, se retraía y apartaba, teniendo miedo de los que eran de la circuncisión.
13 Y á su disimulación consentían también los otros Judíos; de tal manera que aun Bernabé fué también llevado de ellos en su simulación.
14 Mas cuando vi que no andaban derechamente conforme á la verdad del evangelio, dije á Pedro delante de todos: Si tú, siendo Judío, vives como los Gentiles y no como Judío, ¿por qué constriñes á los Gentiles á judaizar?
15 Nosotros Judíos naturales, y no pecadores de los Gentiles,
16 Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para que fuésemos justificados por la fe de Cristo, y no por las obras de la ley; por cuanto por las obras de la ley ninguna carne será justificada.
17 Y si buscando nosotros ser justificados en Cristo, también nosotros somos hallados pecadores, ¿es por eso Cristo ministro de pecado? En ninguna manera.
18 Porque si las cosas que destruí, las mismas vuelvo á edificar, transgresor me hago.
19 Porque yo por la ley soy muerto á la ley, para vivir á Dios.
20 Con Cristo estoy juntamente crucificado, y vivo, no ya yo, mas vive Cristo en mí: y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó, y se entregó á sí mismo por mí.
21 No desecho la gracia de Dios: porque si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo.
 
 
Pablo cuenta su inserción con otros apóstoles


Pablo fue recibido por los otros apóstoles Gálatas 2:1–21

Por lo visto, en Galacia Pablo estaba sufriendo los ataques de sus adversarios que consistían más o menos en esto: 

“Pablo no es uno de los apóstoles originales de Cristo, es alguien que ha llegado al final. Por esto uno no puede estar seguro de que él tenga la doctrina correcta. Por ejemplo, cuando nos apremia a que dejemos atrás la ley de Moisés, va en contra de lo que siempre nos han enseñado los maestros judíos.”

Hasta este punto el argumento de Pablo había sido que no necesitaba estar estrechamente asociado con los apóstoles de Jerusalén porque era exactamente como ellos: un apóstol con todas las de la ley, que había sido llamado directamente por Dios; por lo tanto, no necesitaba ningún apoyo ni reafirmación humanos.

El nuevo énfasis de Pablo, que sostiene en todo el segundo capítulo, es que aunque no necesitaba ningún apoyo ni preparación para su apostolado, cuando se puso en contacto con los apóstoles de Jerusalén, ellos lo habían aceptado incondicionalmente tanto a él como a la doctrina que enseñaba. Para ilustrar y probar que en realidad había sido recibido como hermano y apóstol, Pablo recurre a tres incidentes de importancia:

    1.      Su evangelio fue reconocido en el Concilio de Jerusalén (v 1–5);
    2.      Le fue asignada un área de trabajo evangélico (v 6–10);
    3.      Pedro aceptó las advertencias de Pablo (v 11–21).


El evangelio de Pablo fue reconocido en el Concilio de Jerusalén (Gálatas 2:1–5)

2:1–3. Se debe notar una vez más el período durante el cual Pablo no había tenido contacto con Jerusalén, ya que una buena parte de ese tiempo había estado en Siria y en Cilicia. Ahora, catorce años después, regresaba a Jerusalén.

Algunos entienden esto como 14 años después de la conversión de Pablo, así como los “tres años” del versículo 18 partieron de la conversión de Pablo. Los que siguen este cálculo dicen entonces que la visita a la que se refiere aquí fue la que nos hace ver Hechos 11:25–30. Aquí Pablo y Bernabé fueron a Jerusalén para hacer entrega de un regalo a los judíos cristianos que estaban pasando necesidad y sufrían una hambruna.

El punto de vista favorecido por este escritor es que los 14 años tienen como punto de inicio la visita a Jerusalén que se mencionó anteriormente, o 17 años después de su conversión. Eso haría más probable que la referencia sea la asistencia de Pablo al “Concilio de Jerusalén”.

Las razones principales para escoger esta posibilidad son que “la visita durante la hambruna” a Jerusalén por lo visto fue breve, sin contratiempos, y sobre todo, sin ninguna relación con el problema de los judaizantes, que era algo de lo que Pablo estaba hablando en su epístola a los Gálatas.

Por otro lado, el “Concilio de Jerusalén”, que tuvo lugar alrededor del año 51 d.C., se dedicó por entero al problema de los judaizantes. Los judaizantes constituyen un foco de atención tan grande que uno difícilmente se puede imaginar que Pablo no se refiera al Concilio de una manera más extensa en esta carta, la cual había sido enviada para tratar un problema muy similar.

Es útil comprender las circunstancias que rodearon el Concilio de Jerusalén para tener un entendimiento apropiado de los judaizantes y de su manera de pensar. Así que, valdrá la pena que revisemos Hechos 15.

Lucas describe la situación de una manera muy gráfica. Después de que Pablo había terminado su primer viaje misionero, regresó a Antioquía de Siria, a la iglesia que les había sido encomendada a él y a Bernabé. Allí informaron acerca del éxito de su misión, haciendo ver que muchos gentiles se habían convertido, y contaron muy francamente que habían sido aceptados como miembros de la iglesia cristiana con base en su confesión de fe y de confianza en Cristo, sin haber prometido la adhesión a la Ley de Moisés.

La congregación de Antioquía estaba encantada, pero el evangelio de Pablo, que era libre de la Ley, pronto obtuvo reacciones negativas que provenían de un lugar diferente. Lucas nos informa en Hechos 15:1–5:

  Entonces algunos que venían de Judea enseñaban a los hermanos: “Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés no podéis ser salvos”. Pablo y Bernabé tuvieron una discusión y contienda no pequeña con ellos. Por eso se dispuso que Pablo, Bernabé y algunos otros de ellos subieran a Jerusalén, a los apóstoles y los ancianos, para tratar esta cuestión. Ellos, pues, habiendo sido encaminados por la iglesia, pasaron por Fenicia y Samaria contando la conversión de los gentiles; y causaban gran gozo a todos los hermanos. Al llegar a Jerusalén fueron recibidos por la iglesia, por los apóstoles y los ancianos, y refirieron todas las cosas que Dios había hecho con ellos.

Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían creído, se levantaron diciendo: “Es necesario circuncidarlos [a los gentiles] y mandarles que guarden la Ley de Moisés”.

Note la manera tan clara en que el asunto llama la atención, tanto de Antioquía y ahora de Jerusalén. Los judaizantes, en contra del evangelio libre de la Ley que Pablo predicaba, insistían en que “la fe en Cristo no es suficiente, los gentiles también se deben circuncidar y deben estar de acuerdo en guardar la Ley de Moisés si es que esperan ser salvos”.

Este era el mismo asunto que estaba causando problemas en Galacia, y el resultado de esta primera reunión en Jerusalén seguramente sería importante para Pablo y sería el tema de una discusión o de una carta que Pablo les enviaría a los Gálatas.*
¿Cuál fue el resultado del Concilio de Jerusalén? Esta decisión sería de consecuencias tremendas para la situación paralela que había en Galacia. Pablo dice: “Pero ni aun Tito, que estaba conmigo, con todo y ser griego, fue obligado a circuncidarse”.

El asunto que se trató en el Concilio de Jerusalén y en Galacia fue si los gentiles estaban libres o no de las ceremonias ordenadas por la Ley de Moisés. Tito era griego, no judío, era un gentil, pero no se le obligó a que se circuncidara. El Concilio de Jerusalén estuvo completamente de acuerdo con Pablo y con su enseñanza de que la salvación llega a nosotros sólo por la gracia, como un regalo de la misericordia de Dios, a los que creen y confían en Cristo sin las obras de la Ley. Realmente, los cristianos de Jerusalén nunca hubieran tocado este tema; más bien, el problema surgió de una fuente diferente, como nos lo dice Pablo:

Gálatas 2:4–5. Todos los apóstoles estuvieron de acuerdo con respecto a la salvación por la fe sola como un regalo gratuito de Dios. La idea de añadir las obras fue de “los falsos hermanos”. Echemos otra mirada a los que están causando los problemas en Jerusalén, tal como se describen en Hechos 15:5. Lucas dice: “Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían creído, se levantaron diciendo: ‘Es necesario circuncidarlos y mandarles que guarden la Ley de Moisés.’ ”

Ellos decían que eran creyentes en Cristo, pero dijeron algunas cosas que no eran nada cristianas. En realidad no eran nada más que adherentes del partido de los fariseos cuando insistían en que se debían guardar las ceremonias judías para poder obtener la salvación. Por eso eran judaizantes.

Algunas personas “se infiltraron” en la congregación cristiana expresamente con el propósito de quitar el regalo gratuito de la salvación. Ellos habrían reducido a las personas al estado de esclavitud al hacerlos trabajar para obtener lo que Cristo había conseguido con su muerte para poder dárselo gratuitamente.

Era una situación peligrosa, tanto en el Concilio de Jerusalén como en Galacia. Esta enseñanza era una corrupción del evangelio y privaría de la salvación a sus adherentes, porque los haría totalmente dependientes de ellos mismos al robarles los méritos de Cristo. Por esto Pablo les dice a los gálatas: “A los tales ni por un momento accedimos a someternos, para que la verdad del evangelio permaneciera con vosotros.”

En Jerusalén habían resistido con éxito el error de mezclar la fe con las obras; las enseñanzas de Pablo habían sido completamente confirmadas. Pero eso no era solamente un triunfo personal para Pablo. 

No, para el beneficio de los gálatas la firmeza de los apóstoles contra los falsos maestros había conservado el evangelio. Y para que el evangelio, que era libre de la Ley y con el que todos habían estado de acuerdo en Jerusalén, pudiera permanecer ahora con los gálatas, Pablo les ruega que no escuchen a sus adversarios, cuyo mensaje era muy similar al de los “falsos hermanos” de Jerusalén. Más bien, exhorta a los gálatas a que acepten el testimonio de los apóstoles, que estaban totalmente de acuerdo con las enseñanzas de Pablo de que ni las ceremonias ni las obras eran necesarias para obtener la salvación.

A Pablo le fue asignada un área en la obra del evangelio. Gálatas 2:6–10

Gálatas 2:6–10. 
Pablo sabe que gran parte de sus discusiones hasta ahora han estado haciendo énfasis en su independencia de los apóstoles de Jerusalén; sostiene que es un apóstol, no por la autorización ni por el apoyo de ellos, sino porque Dios lo llamó. 

Sigue recalcando que no tiene importancia cualquier rol externo o puesto que hayan ocupado los apóstoles en Jerusalén. Dios no juzga por esas normas y tampoco afecta la validez de los acuerdos a que se llegó en el Concilio de Jerusalén. Los que eran considerados importantes en Jerusalén no criticaron a Pablo ni le añadieron nada a su mensaje.

Ellos, además de no encontrar ninguna falla en el mensaje de Pablo, reconocieron que estaba predicando el mismo evangelio que predicaban Pedro y el resto de los apóstoles de Jerusalén. Todos estaban edificando el reino al predicar el mismo mensaje, y la única diferencia era la gente a la que le predicaban.

Vieron que la predicación de Pedro y la predicación de los apóstoles de Jerusalén había sido especialmente bendecida por el efecto que había causado en los judíos, mientras que los resultados de la predicación de Pablo a los gentiles eran asombrosos. Había unidad en la doctrina e igualdad en su respectivo apostolado.

Por esta razón, sólo había que hacer una cosa: darse por enterado y reconocer abiertamente los hechos del caso. Pablo informa: “Jacobo, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos dieron a mí y a Bernabé la diestra en señal de compañerismo, para que nosotros fuéramos a los gentiles y ellos a los de la circuncisión.”

El hecho de dar la diestra en señal de compañerismo no establecía nada nuevo, reconocía lo que ya existía y era una muestra de aceptación y de igualdad. Con un apretón de manos estuvieron de acuerdo en que Pablo y Bernabé les debían seguir predicando a los gentiles, mientras que Pedro y sus asociados trabajarían con los judíos.

Tal vez se deba notar que esa división del trabajo no tenía la intención de ser difícil ni rápida. No significaba que mantendrían vigilado el territorio ni que desafiarían a los otros a cruzarlo. Siempre había excepciones en ambos lados.

Por ejemplo, en el segundo viaje misionero de Pablo, que tuvo lugar poco tiempo después del Concilio de Jerusalén, el apóstol continuó con su rutina de ir primero a la sinagoga cuando llegaba a un lugar nuevo (Hechos 17:2). Allí predicaba siempre y cuando los judíos lo toleraran. Usualmente no era por mucho tiempo, y después de haber sido expulsado de la sinagoga, Pablo pasaba la mayor parte de su tiempo trabajando con los gentiles.

Por otro lado, recordemos que Pedro, el principal representante de la predicación del evangelio a los judíos, tampoco limitó su ministerio exclusivamente a los judíos. Para estar seguros, podemos ver que los capítulos iniciales de Hechos hablan exclusivamente de la obra de Pedro con los judíos en Jerusalén y en sus alrededores. Pero Pedro también fue a los samaritanos, que por lo menos sólo eran mitad judíos (Hechos 8:14–25). 

Y Dios mismo dirigió muy formalmente a Pedro para que fuera a Cornelio, que era gentil por completo (Hechos 10). Además, parecía haber buenas razones y muy válidas para concluir que las epístolas de Pedro, que fueron escritas al final de su vida, iban dirigidas a los gentiles.

El apretón de manos que se habían dado en Jerusalén no estableció ninguna limitación, no fue ningún obstáculo para que el grupo predicara el evangelio cada vez que se presentaba la ocasión. Más bien, lo que indicaba era que Pedro y Pablo estaban de acuerdo en el evangelio que se debía predicar. Ambos eran apóstoles experimentados, y el uno reconocía al otro como igual.

Este razonamiento era importante para los gálatas, ya que habían oído historias acerca de la dependencia o la inferioridad de Pablo con respecto a los apóstoles de Jerusalén. La implicación era que Pablo no tenía el mensaje correcto y les predicaba a los gentiles algo que era muy diferente de lo que Pedro les enseñaba a los judíos. Pablo dice que eso ¡no era verdad!

Había un acuerdo y un entendimiento completos entre las ramas judía y gentil de la iglesia cristiana. Ambas debían escuchar el mensaje de la salvación por medio de la fe en Cristo, sin las exigencias de ninguna ceremonia ni obras. Y debían dar evidencia concreta de la unidad que existía entre los cristianos judíos y gentiles; por eso se acordó desarrollar un programa caritativo. 

Pablo dice: “Solamente nos pidieron que nos acordáramos de los pobres; lo cual también me apresuré a cumplir con diligencia.” Otra vez, esto no era en realidad nada nuevo. Si es que tenemos razón al suponer que esto sucedió en el Concilio de Jerusalén, entonces la visita de Pablo y de Bernabé durante la hambruna de Hechos 11 habría sido tres años antes. Y eso encaja muy bien con la descripción que tenemos aquí. A Pablo y a Bernabé se les pide que “se acordaran” de los pobres, tal como lo habían hecho en el pasado.


Pedro acepta la amonestación de Pablo. Gálatas 2:11–21

Como representante de la iglesia cristiana de Jerusalén, Pedro le había dado a Pablo la mano derecha de la amistad cristiana, y esto indicaba su aceptación y su igualdad; esta expresión de compañerismo cristiano era relativamente un paso fácil de dar. Sin embargo, la verdadera prueba vendría cuando este acuerdo se aplicara a la realidad de la vida diaria. ¿Qué sucedería si Pedro y Pablo tuvieran una diferencia de opinión? ¿Quién saldría ganando si alguna vez se cruzaban en el trabajo? Pablo nos dice lo que realmente sucedió. Surgió una confrontación muy tensa entre los dos hombres, en la cual Pedro cedió.

Aquí debemos hablar con mucha claridad con respecto a los motivos que tuvo Pablo. No estaba edificando su propio ego, sino que hacía avanzar y defendía el mensaje del evangelio con el que tanto él como Pedro habían estado de acuerdo en el Concilio de Jerusalén. En la siguiente sección Pablo nos hace ver que ese mensaje fue el que salvó la situación en una confrontación que tuvo con Pedro en Antioquía, y también el mismo que ahora Pablo defendía contra un ataque similar en Galacia.

Gálatas 2:11–13. 
“Antioquía” no era la ciudad del Asia Menor que había sido evangelizada por Pablo y Bernabé en su primer viaje misionero, sino la que estaba ubicada en el territorio del río Orontes, a varios cientos de kilómetros al norte de Jerusalén en la frontera que existe entre la moderna Turquía y Siria. 

Era una congregación mixta, una de las primeras de las que formaban parte tanto judíos como gentiles (Hechos 11:19–26). Allí Pablo y Bernabé habían recibido su comisión al inicio de su obra misionera entre los gentiles, y siempre permaneció como la “base” desde la que llevaron a cabo sus siguientes esfuerzos de evangelización. De cierta manera, Antioquía se convirtió en la iglesia madre para los gentiles, así como Jerusalén lo era para los judíos cristianos. 

Por lo tanto, no es de sorprender que en el curso de los viajes de Pedro, visitara este gran centro de Cristianismo y se asociara con la congregación mixta de Antioquía, compuesta por judíos y gentiles.

El evangelio, con su mensaje de libertad cristiana, por lo visto había hecho que todo se desarrollara de una manera más relajada en Antioquía. Los cristianos de este lugar se dieron cuenta de que no eran necesarios ninguna obra ni mérito humanos para obtener la salvación. 

Así que no ponían ningún énfasis especial en la observancia o no de las ceremonias judías. Estaba bien si los judíos cristianos preferían comer “kosher” (alimentos permitidos por la religión judía) en las convivencias, o si deseaban disfrutar de una chuleta de puerco o de un sándwich de jamón con sus hermanos cristianos que eran gentiles, porque también era lícito. Se nos dice que Pedro “comía con los gentiles”, no guardaba estrictamente las normas de la tradición judía, pero eso fue “antes que llegaran algunos de parte de Jacobo”.

Hemos afirmado que Jacobo, el hermano de nuestro Señor, se había convertido en una figura prominente en la iglesia de Jerusalén. En realidad, era tan importante que prácticamente su nombre se convirtió en sinónimo de Jerusalén. Pero por eso no debemos llegar a la conclusión de que ellos necesariamente habían sido enviados por Jacobo, sino más bien que algunos hombres que venían del área que administraba Jacobo se presentaron en Antioquía cuando Pedro estaba allí.

Es probable que para Pedro, Jacobo no representara ningún motivo de preocupación ya que desde el Concilio de Jerusalén era bien conocido el punto de vista de Jacobo acerca de la libertad de los gentiles. Tampoco lo inquietaban de manera especial los que habían llegado de Jerusalén. 

Por desgracia, la verdadera preocupación de Pedro parecía basarse en el temor a las actitudes desagradables y de las dificultades que resultarían para él, si las noticias de que él comía con los gentiles llegaban a ciertos elementos problemáticos de Jerusalén. En resumen, tenía “temor a los partidarios de la circuncisión” (v 12, NVI). Si se desea, se les puede llamar judaizantes.

Ya hemos visto los problemas que le causaron a Pablo, fueron tales que se tuvo que convocar una reunión especial en Jerusalén. Pedro tampoco se había salvado de sus críticas. Se habían quejado amargamente porque había entrado en el hogar de Cornelio que era gentil y había comido con ellos (Hechos 11:1–3). En esa ocasión, Pedro les había dado a “los que eran de la circuncisión”, como los identifica el libro de Hechos, una respuesta sencilla y muy evangélica.

Desgraciadamente Pedro no se desenvolvió tan bien en Antioquía, se retiró discretamente de su antigua y directa asociación con los gentiles. Otra vez comenzó a comer en las convivencias los alimentos permitidos por la religión judía; se mezcló con los judíos cristianos, y volvió a las costumbres de ellos.

Esta manera de actuar no pasó inadvertida y otros judíos cristianos siguieron su ejemplo. Finalmente hasta Bernabé, el gran compañero de Pablo en la misión de evangelizar a los gentiles, sintió la presión de todo esto y cambió su comportamiento. Estos hombres sabían lo que hacían, pero cedieron ante el ejemplo de Pedro. Era, como Pablo lo había llamado, “hipocresía” y exigía una acción firme e inmediata. Pablo dice:

Gálatas 2:14. 
Es necesario notar la seriedad de la situación. Esta gente “no andaba rectamente conforme a la verdad del evangelio”. Ese era un error que destruía el alma y cobraba más fuerza. Esa enseñanza ponía en peligro la salvación de la gente. Además, el ejemplo de Pedro se había dado en público, su conducta afectaba y ejercía presión sobre todos. Como la enseñanza había sido pública, también la corrección se tenía que hacer de igual manera. Por eso Pablo se dirige a Pedro individualmente y frente a todos, haciéndole ver la naturaleza contradictoria de sus acciones.

Pedro era judío y sin embargo, al ir a Antioquía, inicialmente había participado con libertad en los círculos de los gentiles y hasta había comido con ellos. De ese modo ilustró el principio del evangelio de que las costumbres y las ceremonias judías no tenían ningún valor en sí mismas. No era necesario que se cumplieran como un requisito para la salvación.

Sin embargo, al cambiar su manera de proceder, Pedro estaba negando ese principio; ahora actuaba como si vivir al estilo de los gentiles fuera en perjuicio de las oportunidades que tenía una persona para salvarse. Actuaba como si cumplir con las costumbres judías de guardar la Ley de Moisés realmente ayudara a mejorar la relación de una persona con Dios. Por eso con su ejemplo Pedro estaba obligando a los gentiles “a practicar el judaísmo” (v 14, NVI).

Con el aumento de nuestra experiencia acerca de los perjuicios de la parcialidad y de la discriminación contra los grupos étnicos, se nos ha despertado una aversión a la idea de que un grupo imponga su cultura o sus costumbres a otro. Se oye hablar mucho acerca de la dignidad de cada individuo como persona y del valor inherente de su cultura étnica. 

Sin embargo, debemos notar que aquí Pablo no sigue esta lógica. No menosprecia las costumbres judías porque quiera defender la cultura de los gentiles (más adelante dirá algunas cosas negativas acerca de la cultura de ellos). Aunque los interese culturales puedan ser muy importantes, aquí la objeción de Pablo se apoya en una base bastante diferente; lo que quiere hacer ver es que ante Dios ninguna obra ni actividad humanas tiene ningún mérito. Ni las ceremonias ni las costumbres judías tienen ningún valor para la salvación; imponérselas a los gentiles no es un crimen cultural, sino espiritual. Le quita autoridad al evangelio, lo mina. Hablando de judío a judío, Pablo le dice a Pedro:

Gálatas 2:15–16. 
Los judíos tenían muchas ventajas; después de todo, eran el pueblo escogido de Dios, a quienes había llevado a una relación especial de pacto con él. Debido a ese vínculo Dios, por medio de Moisés, les había dado a los judíos muchos reglamentos y directivas para guiarlos en la vida diaria y en los servicios de adoración.

Pero los judíos, que verdaderamente entendían la naturaleza de este pacto con Dios, nunca confiaron en el cumplimiento de esos reglamentos especiales como la razón por la que Dios debía ser misericordioso con ellos. Por ejemplo, cuando llevaban sus sacrificios, no lo veían como algo que hacían para Dios; sino como un recordatorio de la gran promesa de Dios. Los sacrificios de un buey o de un carnero prefiguraban el verdadero sacrificio que Dios había prometido hacer por ellos. Ese sacrificio sería el Cordero de Dios, que como el Salvador del mundo un día moriría y sufriría al tomar el lugar de ellos.

Cuando las ceremonias y las costumbres de la Ley de Moisés eran entendidas correctamente, las veían como un medio de enseñanza para recordar al Mesías prometido, el Cristo que iba a venir. Y el rol preparatorio y la naturaleza didáctica de estos reglamentos se hicieron aún más claros después de que Cristo apareció y declaró que era el cumplimiento de todas esas prefiguraciones del Antiguo Testamento. Por eso Pablo espera que Pedro esté de acuerdo con él cuando dice: “Nosotros… sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la Ley, sino por la fe de Jesucristo”.

En efecto, Pablo le dijo a su compañero apóstol que estaba ejerciendo presión sobre los gentiles para que guardaran las ceremonias del Antiguo Testamento: “¡Vamos, Pedro! Ni nosotros los judíos confiamos en la observancia de las ordenanzas y ceremonias de Moisés, porque sabemos que nuestra salvación solamente está en los méritos de Cristo. 

Y si ni siquiera nosotros, a quienes se nos dio la Ley, confiamos en ella para nuestra salvación, ¿por qué debemos obligar a los gentiles a que la cumplan?” Es una necedad y hasta un peligro el instar a las personas a que guarden la Ley, porque las lleva a depositar su confianza en la obediencia de la Ley y en el mérito que supuestamente tiene eso. Entonces estarían confiando en algo que no las puede salvar, porque como Pablo añade: “Por cuanto por las obras de la Ley nadie será justificado”.

Este pensamiento recibirá una atención más detallada en el tercer y cuarto capítulos de la carta. Mientras tanto, Pablo espera otra objeción y se adelanta. Hablándole todavía a Pedro, él dice:

Gálatas2:17–18. 
Para entender este versículo nos debemos dar cuenta de que el sentido en el que Pablo usa la palabra “pecadores” no es igual al de “pecado”. Eso podría necesitar una explicación.

Recordemos que en la sección anterior Pablo había hablado de Pedro y de sí mismo como “judíos de nacimiento” y no “pecadores de entre los gentiles”. El término “pecador” era un calificativo común de desprecio que los judíos les atribuían a los gentiles. Es claro que el “pecado” principal de los gentiles era el de no obedecer la Ley de Moisés; comían alimentos impuros, trabajaban el día sábado, no ofrecían sacrificios, no circuncidaban a sus hijos, etc.

Pablo acababa de decir que el que cree en Cristo es justificado, es decir, es considerado aceptable delante de Dios; el hecho de guardar la Ley mosaica no influía para nada en la justificación. Uno puede muy bien no considerar la Ley, como Pedro mismo no la consideró inicialmente a su llegada a Antioquía. Pero para la típica terminología judía el hecho de no guardar la Ley de Moisés hacía que la gente fuera “pecadora”. Al confiar en Cristo y no en la observancia de la Ley mosaica, los cristianos judíos verdaderamente se convertían en “pecadores” en el sentido en el que ese término se les aplicaba regularmente a los gentiles.

Ahora Pablo hace la pregunta: “¿El hecho de ‘no guardar’ la Ley mosaica, es un error verdadero y moral, un ‘pecado’ en el verdadero sentido del término? O dando un paso más adelante, si la fe en Cristo permite que la gente no tome en consideración la Ley, ¿podría uno decir que Cristo es un promotor del pecado?” “¡De ninguna manera!” contesta Pablo.
La verdad es todo lo contrario a esto; defender la Ley de Moisés y abogar por ella (como Pedro lo había hecho en su flaqueza y como los judaizantes de Galacia lo estaban haciendo con deliberación y convicción) es el verdadero pecado, que hace a una persona quebrantadora de la Ley. Eso es criminal porque arruina el evangelio y priva a los hombres del regalo gratuito de la salvación. Por eso el apóstol afirma: “Porque si las cosas que destruí [la Ley de Moisés], las mismas vuelvo a edificar, transgresor me hago.”
Hasta este punto el tacto de Pablo es muy notable; note que cambia y usa la primera persona. Al hablar de su propio caso, en cierto sentido, disminuye la presión que cae sobre Pedro y sobre su desafortunado apoyo a la Ley mosaica. Pablo había cometido el mismo error y había seguido por la ruta del legalismo; había sido fariseo, se había esforzado mucho en servir a Dios con gran fervor para poder llegar a ser aceptable ante el Señor. Pero no había resultado; podía impresionar a los hombres, pero no a Dios. El Señor mismo lo había enfrentado en el camino a Damasco y le dijo que lo que estaba haciendo para obtener el favor de Dios era totalmente equivocado. Tenía que ser así porque, como Pablo aprendió a decir después: “Por las obras de la Ley ningún ser humano será justificado” (Romanos 3:20). Está en la naturaleza del asunto que nadie será justificado por las obras de la Ley, porque nadie puede cumplir con la voluntad de Dios de una manera perfecta.

2:19–21. Debemos notar el tono de desesperanza y de impotencia que se filtra cuando Pablo dice: “Yo por la Ley morí para la Ley”. Aun el hecho de morir para la Ley y de perder toda esperanza en su propia capacidad tenía un efecto fuerte en Pablo. Para él eso enfatizaba la imposibilidad de ganar la salvación por sus propios medios, y hacía que fuera muy atractiva la única alternativa posible: dejar que alguien más cumpliera en su lugar con las justas exigencias de Dios. Entonces Pablo gustosamente aceptó el evangelio, que le daba las buenas nuevas de que Cristo ya había hecho todo para salvarlo a él.
Por medio de la fe, Pablo comparte el mérito de Cristo. En realidad, es tan cercana su vinculación con Cristo que puede decir que ha sido “crucificado con Cristo”. Realmente ya no es Pablo el que vive, sino es Cristo quien vive en él. “Lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”.
Lo que animaba a Pablo a llevar una vida de gustosa obediencia no eran las exigencias de la Ley, sino el amor por el Salvador. Solamente esta vida, motivada por el amor y por la gratitud, es consistente con el evangelio de la gracia sola en Cristo. Porque si la justicia se pudiera ganar por medio de nuestra obediencia (si la justificación realmente dependiera hasta cierto punto de que nosotros guardáramos la Ley) entonces la muerte de Cristo por nosotros habría sido en vano.
Con estas palabras Pablo termina de reprender a Pedro, y también hay que notar que con esto concluye la primera parte de su carta a los Gálatas. Recuerde el énfasis que hay en toda esta sección inicial. Los judaizantes desafiaban a Pablo y dudaban de su autoridad, porque no era uno de los apóstoles originales que siguieron a Cristo durante su ministerio público y luego habían sido formalmente comisionados en su ascensión. Pablo contestó que no necesitaba ninguna conexión con los apóstoles de Jerusalén porque era igual que ellos en todo sentido, ya que él también había sido llamado por Dios y comisionado formalmente para predicar el evangelio.
Para respaldar esta afirmación de igualdad Pablo reunió tres pruebas: En el Concilio de Jerusalén los apóstoles originales no encontraron ninguna falla en sus enseñanzas del evangelio libre de la Ley, porque a Tito no se le exigió que guardara ninguna de las ceremonias del Antiguo Testamento. Además, los apóstoles de Jerusalén habían reconocido la confiabilidad del mensaje que Pablo predicaba, porque lo animaron a él y también a Bernabé a que les continuaran predicando este evangelio a los gentiles, mientras que ellos seguirían compartiendo el mismo mensaje con los judíos. Finalmente, cuando Pedro, que estaba en Antioquía, por desgracia se apartó del mensaje en el que ambos lados estaban de acuerdo, reconoció la validez de la reprimenda de Pablo y aceptó la corrección que Pablo le había ofrecido.
Así que, es evidente por la lógica de Pablo que tanto él como los apóstoles de Jerusalén predicaban el mismo evangelio. Pero, ¿cuál era exactamente el evangelio que predicaban? ¿Y cuál es la relación que existe entre las ceremonias del Antiguo Testamento con el evangelio del Nuevo Testamento? Este será el énfasis que impulsará la segunda parte principal de la carta de Pablo. Aquí Pablo se dirigirá a la doctrina de la justificación, este tema tan importante que trata de cómo un pecador burdo y vil puede ser aceptado por un Dios justo y santo.

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